El Zahuapan, un asesino

El Zahuapan, un asesino

Tlaxcala lleva décadas entre los estados con mayor mortalidad renal del mundo, la clase política lo calla, el sector salud lo disimula en la información pública, pero ahora la ciencia lo confirma: El agua, el suelo y el aire de la cuenca del Alto Atoyac están envenenando a sus más de un millón de habitantes a lo largo de Tlaxcala y nadie ha respondido a la altura de la emergencia que se antoja epidemiológicamente mortal.

Hay cosas que no aparecen en los medios de comunicación aunque estén pasando justo enfrente de nosotros.

Una de ellas es esta, en la zona centro de Tlaxcala, los adolescentes tienen arsénico en la orina.

No como consecuencia de un accidente industrial ni de un derrame reciente, sino como consecuencia de vivir en esta tierra, de tomar su agua, de respirar su aire, de comer sus alimentos.

Otra cosa que tampoco aparece suficientemente en los periódicos es que los 18 municipios más representativos que bordean el río Zahuapan se han convertido, sin que nadie lo declare formalmente, en una zona de emergencia médica.

La diálisis peritoneal —el procedimiento que sustituye la función de los riñones cuando estos ya no pueden trabajar— es hoy la primera causa de egresos hospitalarios en seis de cada diez municipios de esa zona.

Dicho de otra forma: cuando los tlaxcaltecas enfermos del riñón llegan al hospital, muchos ya no tienen riñones que salvar.

Y la tercera cosa que este reportaje quiere dejar muy clara desde el principio es que Tlaxcala ocupa el quinto lugar nacional en mortalidad por enfermedad renal crónica, con una tasa que lo coloca entre las 25 jurisdicciones con mayor mortalidad renal de todo el planeta. No de México. Del planeta.

Esto no es una catástrofe natural. Es el resultado acumulado de treinta años de industria sin control, de ríos usados como vertederos, de gobiernos que miraron hacia otro lado y de un sistema de salud que llega cuando ya es muy tarde.

En octubre de 2023, el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías —el CONAHCYT— publicó el primer informe estratégico sobre la Cuenca del Alto Atoyac, la región que cruza Tlaxcala y parte de Puebla y que concentra al 79.5 por ciento de la población tlaxcalteca: Más de un millón de personas.

Esa región fue declarada Región de Emergencia Socioambiental y Sanitaria. La sigla oficial es RESA. Pero lo que esconde esa sigla burocrática es mucho más sencillo y más terrible: El gobierno reconoció formalmente que más de ochenta municipios entre Tlaxcala y Puebla están viviendo dentro de una zona envenenada.

El informe del CONAHCYT fue construido con base en tres biomonitoreos independientes realizados por el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN —el Cinvestav—, por la Universidad Nacional Autónoma de México —la UNAM— y por el Instituto Mexicano del Seguro Social —el IMSS—.

No fue un solo estudio, fueron tres estudios distintos, hechos por tres instituciones distintas, que llegaron a conclusiones similares, La gente que vive en esta cuenca tiene en su cuerpo sustancias que no deberían estar ahí.

¿Cuáles sustancias? El informe encontró en orina y en sangre de residentes de la cuenca arsénico, níquel, plomo, cromo, cadmio, glufosinato, malatión, glifosato y bifenilos policlorados.

Algunos de esos nombres suenan técnicos y lejanos, pero hay uno que vale la pena traducir con claridad, el arsénico está clasificado por la Organización Mundial de la Salud como agente cancerígeno de Grupo 1.

Eso significa que no hay duda, causa cáncer en seres humanos y hay arsénico en la orina de adolescentes que viven en la zona centro de Tlaxcala.

Otro dato del informe que no puede pasar desapercibido, en la población alfarera de algunos municipios de la región —artesanos que trabajan el barro y que han estado expuestos al plomo de los esmaltes durante generaciones— cerca del 90 por ciento de las personas presentó niveles de plomo en sangre por encima de los límites recomendados internacionalmente. Nueve de cada diez personas, no es un número al que se le pueda hacer de la vista gorda.

Los investigadores también identificaron 63 empresas contaminantes en la cuenca, de esas 63, solo 6 fueron suspendidas y únicamente dos fueron aseguradas. El resto siguen operando.

Tlaxcala: El quinto estado más mortal del país para los riñones

Para entender la dimensión del problema renal en Tlaxcala hay que empezar por los números nacionales, porque solo con ese contexto se puede calibrar qué tan grave es la situación del estado.

El estudio más completo que existe sobre la carga de enfermedades en el mundo se llama Global Burden of Disease, y lo produce cada año el Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington.

La edición de 2021 —la más reciente con datos nacionales desagregados— le da a México una prevalencia nacional de enfermedad renal crónica de 9 mil 184 casos por cada cien mil habitantes. Eso equivale al 9.1 por ciento de la población total. Casi uno de cada diez mexicanos.

La UNAM, por su parte, eleva esa cifra al 12.2 por ciento, lo que significaría alrededor de trece millones de mexicanos viviendo con enfermedad renal crónica.

La diferencia entre los dos porcentajes es el reflejo de que la enfermedad renal crónica avanza durante años, a veces durante décadas, antes de que el paciente reciba un diagnóstico formal.

Para cuando los síntomas son evidentes, los riñones ya han perdido una parte importante de su capacidad, el sistema de salud llega tarde a la vida de los pacientes, siempre llega tarde.

Dentro de ese mapa nacional, Tlaxcala no es un punto promedio, está en el peor extremo de la curva.

El mismo estudio Global Burden of Disease registra una tasa de mortalidad por enfermedad renal crónica en Tlaxcala de 61.20 muertes por cada cien mil habitantes.

El promedio nacional es de 53.41. La diferencia es de casi 8 muertes más por cada cien mil personas cada año.

Multiplicado por la población del estado, eso representa decenas de familias que pierden a alguien por esta causa más de lo que cabría esperar si Tlaxcala fuera un estado cualquiera.

Pero lo más preocupante es la comparación internacional, esa tasa de 61.20 por cien mil coloca a Tlaxcala en el quinto lugar nacional y, según el análisis publicado por investigadores mexicanos en la Gaceta Médica de México con base en el mismo estudio global, entre las 25 jurisdicciones del mundo con mayor mortalidad renal.

Para poner eso en perspectiva, no son los 25 estados de México más afectados. Son los 25 territorios de todo el planeta con peores cifras y Tlaxcala está en esa lista.

Los cuatro estados que la preceden son Veracruz, con 73.14 muertes por cien mil; Tabasco, con 64.35; la Ciudad de México, con 64.12; y Oaxaca, con 62.90. Todos ellos comparten algo: Contaminación industrial histórica, población con alta prevalencia de diabetes —que es el principal factor de riesgo para la enfermedad renal— y sistemas de salud que históricamente han llegado tarde a sus poblaciones más vulnerables.

El abismo entre los que se tratan y los que están enfermos.

Aquí viene uno de los números que más duelen de todo este reportaje.

El número oficial de pacientes con enfermedad renal crónica en tratamiento activo en Tlaxcala ronda los dos mil.

Dos mil personas recibiendo diálisis, trasplante o algún otro tipo de terapia de reemplazo renal.

Pero si aplicamos la tasa conservadora del estudio global —el 9.1 por ciento de la población— a los 1.4 millones de habitantes del estado, el número real de personas con enfermedad renal crónica en Tlaxcala estaría entre 127,000 y 210,000.

"La brecha entre los dos mil pacientes en tratamiento activo y los 127,000 a 210,000 enfermos estimados no refleja ausencia de enfermedad. Refleja ausencia del Estado."

Dos mil pacientes tratados en tiempo real, pero tenemos entre 127,000 y 210,000 enfermos.

Eso es un subregistro de más del 98 por ciento, no son personas que no existan, son personas que el sistema de salud no ha encontrado o que encontró demasiado tarde para que el tratamiento les cambiara el pronóstico de vida.

El informe del CONAHCYT lo pone con mucha claridad, la diálisis peritoneal es la primera causa de egresos hospitalarios en el 60 por ciento de los municipios de la cuenca del Alto Atoyac.

Los pacientes llegan al hospital ya en la etapa final de la enfermedad, ya no hay nada que hacer más que conectarlos a una máquina.

Y en cuanto a trasplantes renales —que son la solución más efectiva y la que mejor calidad de vida le da a los pacientes—, Tlaxcala realizó apenas 102 en 17 años. No 102 al año. 102 en 17 años. Un promedio de seis trasplantes por año para un estado donde, de manera conservadora, hay más de cien mil personas con la enfermedad.

El cáncer en Tlaxcala está subdiagnósticado

En 2024, el INEGI reportó 95,237 muertes por cáncer en México, el número más alto registrado hasta ese momento. La tasa fue de 73.1 defunciones por cada cien mil habitantes, frente a 70.8 del año anterior.

El cáncer es ya la tercera causa de muerte en el país, solo por detrás de las enfermedades del corazón y la diabetes; entre los hombres, el cáncer de próstata encabeza las muertes, entre las mujeres, el cáncer de mama.

Tlaxcala, en este mapa, aparece como uno de los estados con la tasa de mortalidad por cáncer más baja del país: Alrededor de 62 muertes por cien mil habitantes, junto con Guerrero y Oaxaca, a primera vista eso parece una buena noticia. Pero no lo es.

Los epidemiólogos tienen un nombre para lo que está ocurriendo en Tlaxcala: Subdiagnóstico estructural.

El mecanismo funciona así: Si el sistema de salud no detecta los cánceres —porque no hay oncólogos suficientes, porque no hay mastógrafos en los municipios, porque la gente no llega a las consultas preventivas porque el trabajo y el dinero no lo permiten—, esos cánceres no existen en las estadísticas de incidencia, no se cuentan porque no se diagnostican.

Pero la enfermedad sí existe, y cuando finalmente el paciente llega al hospital, ya no es en etapa temprana, cuando el tratamiento tiene mejores resultados.

Llega en etapa avanzada, llega cuando el tumor ya creció, ya se extendió, ya invadió otros tejidos y entonces muere.

"La menor mortalidad registrada en Tlaxcala coexiste con una relación mortalidad-incidencia más alta que el promedio nacional. Eso no es salud. Es diagnóstico tardío."

El resultado de ese proceso es una relación muy particular entre mortalidad e incidencia, de los pocos cánceres que sí se diagnostican en Tlaxcala, una proporción muy alta termina en muerte. No porque el cáncer en Tlaxcala sea más agresivo que en otros estados, sino porque cuando lo detectan, ya es demasiado tarde.

Aplicando las tasas nacionales con ajuste proporcional, los especialistas estiman que Tlaxcala registra entre dos mil y dos mil ochocientos nuevos diagnósticos de cáncer cada año, y que entre diez mil y veinte mil personas viven actualmente en el estado con algún tipo de cáncer. Las muertes anuales estarían entre las 800 y 1,000 personas.

Tlaxcala es también uno de los pocos estados del país que no tiene un registro estatal de cáncer consolidado, solo Jalisco y Aguascalientes cuentan con uno en pleno funcionamiento.

Sin registro no hay datos precisos, sin datos precisos no hay política de salud eficiente y sin política de salud eficiente, el ciclo se repite una y otra, y otra vez en una espiral interminable.

Hay un elemento adicional que vincula la crisis del cáncer con la del río Atoyac, el arsénico —presente en la orina de jóvenes tlaxcaltecas, detectado en el agua y el suelo de la cuenca— es, como ya se mencionó, un cancerígeno del Grupo 1 de la OMS.

La exposición crónica a arsénico aumenta el riesgo de cáncer de pulmón, de vejiga, de riñón, de piel y de hígado.

La cuenca del Alto Atoyac no solo está destruyendo los riñones de sus habitantes. También puede estar sembrando los cánceres que se diagnosticarán —o que no se diagnosticarán— en los próximos años.

Tres escenarios para una crisis anunciada

Hay investigadores que han hecho proyecciones sobre lo que ocurrirá con la enfermedad renal crónica en México y en Tlaxcala si las condiciones actuales se mantienen. Los resultados no son alentadores.

A escala mundial, la demanda de diálisis y trasplante renal pasó de 2.6 millones de pacientes en 2010 y se espera que llegue a más de 5.4 millones para 2030. Para América Latina y el Caribe, el incremento proyectado supera el 140 por ciento.

Para 2030, la Federación Internacional de Diabetes estima 643 millones de personas diabéticas en el mundo, el 20 por ciento de ellas desarrollará enfermedad renal crónica.

La diabetes no es solo una epidemia paralela, es el camino principal por el que millones de personas terminan en diálisis.

Para Tlaxcala, los especialistas plantean tres escenarios posibles hacia 2030, dependiendo de qué decisiones se tomen —o no se tomen— en los próximos años.

El primero es el escenario de no hacer nada, continuar con la tendencia actual, con la contaminación sin remediarse, la diabetes sin controlarse y el sistema de salud respondiendo tarde, pero respecto de la diabetes, lo abordaremos en un reportaje posterior.

En ese escenario, la prevalencia de enfermedad renal crónica en el estado podría llegar al 13 o 15 por ciento de la población, con entre 200,000 y 210,000 personas que necesitarían terapia de reemplazo renal. El sistema de salud actual no tiene capacidad para eso.

El segundo es un escenario moderado, poner en marcha el Observatorio de Enfermedades Renales que fue aprobado en Tlaxcala en febrero de 2024, lanzar campañas de detección y mejorar el control de la diabetes.

En ese caso, la prevalencia podría contenerse entre el 11 y el 12 por ciento, con entre 160,000 y 175,000 personas en tratamiento renal.

El tercero es el escenario optimista, remediar ambientalmente la cuenca del Atoyac, garantizar acceso universal a tratamiento renal y escalar los trasplantes de manera significativa.

En ese caso, la prevalencia podría mantenerse entre 9 y 10 por ciento, con entre 130,000 y 145,000 personas en terapia renal.

El escenario optimista es el único que realmente salvaría vidas y requiere tres cosas que hoy no existen: La remediación ambiental de la RESA, el acceso universal a tratamiento renal y la activación real del Observatorio aprobado hace más de un año, cuya implementación efectiva sigue pendiente.

Lo que los números no dicen

Detrás de cada tasa hay una persona, está el adolescente de la zona centro de Tlaxcala que orina arsénico sin saberlo, que va a la escuela, que juega fútbol, que no tiene ningún síntoma todavía pero que lleva en su cuerpo una sustancia que la ciencia relaciona directamente con el cáncer y con el daño renal.

Está la mujer de 45 años a la que le detectan cáncer de mama cuando ya es etapa tres porque no había mastógrafo en su municipio, porque su centro de salud no hacía ese tipo de estudios, porque nadie la buscó antes para hacerse una detección preventiva y ahora las probabilidades de sobrevivir son mucho menores de lo que habrían sido si la hubieran encontrado dos años antes.

Está el joven de 28 años que llega a diálisis en un hospital que ya no da abasto, que entra a un tratamiento tres veces por semana que lo agota, que no puede trabajar como antes, que ve cómo su familia reorganiza su vida entera alrededor de sus horarios de tratamiento, y que sabe que sin un trasplante esa será su realidad por el resto de sus días, sean pocos meses o quizá algunos años.

Tlaxcala no es víctima de mala suerte epidemiológica, no hay estados que tengan "mala suerte" en salud pública de esta magnitud durante tres décadas seguidas.

Lo que hay son décadas de decisiones, la decisión de no limpiar el río, de no exigirle a la industria que tratara sus descargas, de no construir la infraestructura hospitalaria necesaria, de no crear el registro de cáncer, de no activar el observatorio renal aprobado hace más de un año.

La ciencia ya hizo su parte, el CONAHCYT documentó la contaminación, el estudio Global Burden of Disease midió la mortalidad, la UNAM estimó los enfermos que el sistema no ve, los investigadores de la Gaceta Médica de México pusieron a Tlaxcala en el mapa mundial de la mortalidad renal.

Tres instituciones hicieron tres biomonitoreos independientes y encontraron veneno en la sangre de la gente que vive en esta cuenca.

Todo eso ya está hecho. La ciencia no va a volver a hacerlo. La pregunta que queda —la única que importa en este momento— es política: ¿Cuándo va a responder el Estado a la altura de la emergencia que sus propios científicos ya declararon?

¿Qué se necesita hacer?

1. Activar de verdad el Observatorio de Enfermedades Renales de Tlaxcala

Fue aprobado en febrero de 2024, tiene más de un año de aprobado, sigue sin funcionar plenamente.

Un observatorio activo permitiría conocer cuántos enfermos renales hay en el estado, en qué etapa está cada uno y dónde están los focos de mayor concentración, sin esos datos, cualquier política de salud renal es disparar a ciegas.

2. Establecer tamizaje universal en la cuenca del Alto Atoyac

Detección en estadios 1, 2 y 3, cuando todavía es posible frenar la progresión de la enfermedad con medicamentos, cambios de hábitos y control de factores de riesgo.

La detección tardía no solo es una tragedia humana, también es la opción económicamente más cara para el sistema de salud, porque el tratamiento en etapas avanzadas cuesta mucho más que la prevención y la detección temprana, a menos que se dejen morir a los pacientes indiscriminadamente.

3. Aumentar de manera sustancial la tasa de trasplantes renales

102 trasplantes en 17 años no alcanza ni de lejos para las necesidades del estado.

El trasplante renal es la mejor opción terapéutica disponible, la que más calidad de vida da y la que a largo plazo es económicamente más eficiente que la diálisis permanente, Tlaxcala necesita una estrategia de trasplante, no un trámite cada dos años.

4. Articular la agenda de salud renal con la remediación ambiental de la RESA

Son la misma crisis vista desde dos ángulos distintos:

 Mientras el río Atoyac siga contaminado, mientras el suelo y el agua de la cuenca sigan llenos de arsénico y metales pesados, mientras las empresas identificadas como contaminantes sigan operando sin consecuencias, cualquier avance en detección y tratamiento estará combatiendo el efecto sin tocar la causa.

5. Crear un registro estatal de cáncer

Tlaxcala no tiene uno. Sin registro no hay incidencia real. Sin incidencia real no hay planificación posible. Solo Jalisco y Aguascalientes tienen registros consolidados en el país. Tlaxcala puede y debe ser el tercero.

6. Invertir en diagnóstico temprano oncológico desde el primer nivel de atención

La baja mortalidad registrada no es señal de que haya menos cáncer. Es señal de que se diagnostica más tarde. Mastógrafos accesibles, consultas preventivas reales, campañas de detección en municipios pequeños: la diferencia entre detectar un cáncer en etapa uno y detectarlo en etapa tres puede ser la diferencia entre vivir y morir.

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FUENTES Y REFERENCIAS

Argaiz ER, Morales-Juárez L, Razo C, Ong L, Rafferty Q y colaboradores. "La carga de enfermedad renal crónica en México. Análisis del estudio Global Burden of Disease 2021." Gaceta Médica de México, volumen 159, número 6, 2023. doi:10.24875/gmm.23000393

INEGI. Estadísticas de Defunciones Registradas (EDR) 2024. Resultados definitivos enero-diciembre. Boletín de prensa, agosto 2025.

INEGI. Estadísticas a propósito del Día Mundial contra el Cáncer, 4 de febrero. Comunicado de prensa 39/25, febrero 2025.

CONAHCYT / Pronaces. Primer Informe Estratégico. Región de Emergencia Socioambiental y Sanitaria de la Cuenca del Alto Atoyac (RESA-CAA). Ciudad de México, 2023.

Reynaga LO, Olivares ED. "Enfermedad renal crónica en México: retos y propuestas." Cuidarte, volumen 13, número 25. Medigráphic, 2024.

Gaceta UNAM. "Casi 12% de la población sufre enfermedad renal crónica en México." 13 de marzo de 2025.

Federación Internacional de Diabetes. Diabetes Atlas 2023, proyecciones 2030.

La Jornada de Oriente. "La enfermedad renal crónica en México y en Tlaxcala." 24 de julio de 2024.

PRONAM. Programa Nacional de Salud — Enfermedad Renal Crónica. Consejo de Salubridad General / Secretaría de Salud.

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