Cómo la FIFA y Televisa convirtieron la pasión popular en mercancía de élite

Cómo la FIFA y Televisa convirtieron la pasión popular en mercancía de élite

Son las 5 de la mañana en Querétaro. La cafetera italiana hace su trabajo: ese sonido sordo del vapor atravesando el café molido es, para quienes vivimos el análisis político como oficio y no como hobby, el metrónomo que ordena el caos del mundo. Mientras la Bialetti sube su guardia, yo bajo la mía. No hay pantalla, no hay notificación, no hay ruido electoral. Solo el moka y la hoja en blanco. Es el club de las 5 AM, y esta mañana la hoja de ruta económica llega con un solo titular: el Mundial de Fútbol 2026 es el experimento más descarado de monetización de una emoción colectiva que haya producido el capitalismo contemporáneo.

No es hipérbole. Es economía.

La estructura del monopolio: Stigler tenía razón

El economista George Stigler describió con precisión matemática cómo los monopolios no surgen del libre mercado, sino de la captura regulatoria: alguien controla el acceso y cobra lo que le da la gana. La FIFA es el caso perfecto. Con 211 federaciones miembro, ningún competidor, ningún organismo regulador con dientes reales y un producto para el que la demanda es virtualmente infinita —el fútbol—, la organización con sede en Zúrich ha construido el monopolio más rentable del entretenimiento global. Los 3,925 millones de dólares en derechos de transmisión del Mundial 2026 representan más del 50% de su presupuesto total. No organizan un torneo: administran una licencia.

En México, esa licencia tiene nombre y apellido: TelevisaUnivision. La empresa de Emilio Azcárraga Jean adquirió los 104 partidos del torneo y sublicenció apenas 32 a TV Azteca, su eterno rival convertido en subordinado. El resultado es un oligopolio mediático que Friedrich Hayek hubiera combatido y que Karl Marx hubiera predicho: el 69.2% del torneo —72 partidos— solo se puede ver pagando $499 pesos en la plataforma ViX. En un país donde el 55% de la fuerza laboral opera en la economía informal, eso no es una tarifa: es una muralla de clase.

El bien de Veblen que nadie quiso llamar así

El economista Thorstein Veblen introdujo en 1899 el concepto de 'consumo conspicuo': ciertos bienes se vuelven más deseables cuanto más caros son, porque su precio mismo comunica estatus social. El boleto para el juego inaugural de México contra Sudáfrica en el Estadio Azteca alcanzó en reventa los 77,700 dólares —1.37 millones de pesos— un multiplicador de 42 veces sobre el precio oficial. No es que alguien pague eso porque el fútbol valga eso. Es que alguien paga eso para demostrar que puede. El fútbol, deporte de masas nacido en los barrios obreros de Sheffield, las favelas de Brasil y los potreros de Buenos Aires, ha sido capturado por la lógica del bien Veblen.

La final del torneo tiene en reventa boletos hasta $32,970 dólares. La categoría más barata para la final oficial cuesta $2,300 dólares —41,400 pesos—, el equivalente a dos meses de salario mínimo en México. Thomas Piketty lo documentó con datos: cuando la desigualdad de capital supera cierto umbral, los mercados de bienes de lujo se inflan porque la élite tiene liquidez ilimitada y el resto de la sociedad compite con recursos escasos. El estadio se convierte en galería de arte. El aficionado popular, en turista de su propia fiesta.

La paradoja de Coase: cuando el mercado falla al pueblo

Ronald Coase argumentó que los mercados son eficientes cuando los derechos de propiedad están bien definidos. El problema no es la eficiencia: el problema es a quién le pertenece ese derecho. La FIFA definió que el fútbol mundial le pertenece a ella. Televisa definió que el fútbol mexicano le pertenece a ViX. En ninguno de esos acuerdos se consultó al hincha de Tepito, al aficionado de Tlaquepaque, al trabajador de Ecatepec que durante cuatro años coleccionó cromos, pintó su cara de verde y soñó con ver a la Selección en el Azteca.

España tiene a RTVE, su televisora pública, que pagó 55 millones de euros para transmitir el torneo completo de forma gratuita. El Reino Unido tiene a la BBC y a ITV: gratis, total, sin suscripción. México tiene a Televisa con su paywall de $499 pesos y una promesa de 32 partidos gratuitos —menos de un tercio del torneo—. Cuando la televisión pública de un país europeo protege más el acceso cultural del ciudadano que la televisora privada más poderosa de América Latina, algo estructural está roto.

La reacción global: cuando hasta Trump tiene razón

La crítica internacional es unánime y cruzada ideológicamente. Football Supporters Europe llamó al modelo de precios una “traición monumental a la tradición de la Copa del Mundo”. El seleccionador alemán Julian Nagelsmann criticó públicamente los precios de manera oficial. En Alemania hablan de un “boicot silencioso”. En Nueva York, una demanda colectiva acusa a la FIFA de estrategia de precios abusiva. Incluso Donald Trump —no exactamente un defensor del consumidor popular— declaró: “Yo no pagaría eso”. Cuando el presidente de los Estados Unidos y la izquierda europea coinciden en que algo es excesivo, el mercado no está fallando: está funcionando exactamente para quienes fue diseñado, que no son los aficionados.

Los hinchas ingleses calculan que asistir a los siete partidos hasta la final —viaje, hospedaje y boletos incluidos— cuesta más de £5,000. Los alemanes hablan de €6,000 a €8,000 por persona. En México, el diferencial de reventa de 5.9x a 42x en partidos de la Selección es el más alto del torneo, castigando al mercado más apasionado con los precios más distorsionados.

El costo que no aparece en el PIB

Los gobiernos celebran la 'derrama económica'. El cálculo oficial estima 2.73 mil millones de dólares de beneficio para México. Lo que no calculan es el costo de oportunidad político y social: la inversión pública en infraestructura mundialista tiene usos alternativos. Lo que no contabilizan es la fractura narrativa: un gobierno que convoca a celebrar el Mundial como orgullo nacional mientras la mayoría de sus ciudadanos solo puede verlo por una pantalla pequeña, sin audio envolvente, sin el calor colectivo del estadio.

El fútbol fue siempre el gran ecualizador social: en las gradas convivían el obrero y el empresario, el estudiante y el jubilado. Esa es su función política, no solo lúdica. Cuando el precio del boleto más barato para el juego inaugural equivale a tres semanas de salario mínimo, el estadio deja de ser un espacio democrático y se convierte en un club privado con césped.

La cafetera italiana ya terminó su ciclo. El café está listo. Y la conclusión también: el Mundial de 2026 no es el fracaso del fútbol, es su diagnóstico más honesto.

Una sociedad que permite que su deporte más popular sea secuestrado por un monopolio suizo, sublicenciado por un consorcio televisivo privado y revendido a precios de bien de lujo, no está fallando en su política deportiva: está revelando su estructura de poder. La FIFA vende emociones. Televisa vende acceso a esas emociones. Y el aficionado mexicano, con su pasión sin precio y su bolsillo con límites muy precisos, paga el costo de ambos negocios.

La pregunta que el mercado no puede responder sola —pero que la política tiene obligación de hacerse— es esta: ¿en qué momento decidimos que lo que nos une como pueblo se puede cobrar?

El jueves que viene, millones de mexicanos verán a su Selección por una pantalla prestada, en un bar con sonido deficiente, o simplemente no la verán. Ninguno de ellos aparecerá en la derrama económica. Todos ellos son el fútbol real.

 

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