La Guerra Sin Balas: Hegemonía, Astucia y la Reforma Electoral de Sheinbaum
"El arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin luchar." — Sun Tzu, El Arte de la Guerra
Hay batallas que se ganan antes de que el rival comprenda que está peleando. La reforma electoral impulsada por Claudia Sheinbaum no es un proceso legislativo convencional: es una operación de ingeniería hegemónica ejecutada con la lógica del general que ya conoce el terreno antes de cruzar el río. Leerla únicamente en clave parlamentaria es el primer error que cometen quienes la observan desde la trinchera de la oposición.
EL CONCLAVE COMO CENTRO DE GRAVEDAD
Sun Tzu enseña que el general victorioso planea con abundancia de cálculos antes de la batalla; el derrotado, con escasez. El cónclave de Palacio Nacional que gestó esta iniciativa no fue una reunión de trabajo: fue un cuartel general donde se trazó la topografía del conflicto antes de declararlo. La dictaminación circuló sin cambios sustanciales desde el 7 de marzo, señal inequívoca de que el margen de negociación fue prefijado, no abierto. En el vocabulario gramsciano, Morena no llegó al Congreso a negociar la reforma: llegó a administrar su aceptación. La diferencia es sustancial: una es táctica, la otra es hegemonía.
Antonio Gramsci distinguió con precisión clínica entre la guerra de movimientos —asalto directo al poder del Estado— y la guerra de posiciones, ese largo proceso de atrincheramiento cultural e institucional que consolida el dominio antes de que el adversario pueda articular resistencia. El movimiento que hoy nos ocupa es un clásico ejemplo de guerra de posiciones: la arquitectura narrativa de la reforma —fiscalización, voto en el extranjero, reducción de plurinominales— fue construida semanas atrás en el espacio comunicativo, con más del 80% de aprobación ciudadana registrado antes del debate legislativo. La batalla cultural ya estaba ganada cuando los diputados tomaron sus curules.
EL ARTE DE LA MAYORÍA INSUFICIENTE
Ricardo Monreal reconoció públicamente la falta de votos para la mayoría calificada de 334 diputados. Un observador superficial leería en eso una debilidad. Un estratega reconoce en ese gesto algo radicalmente distinto: la gestión calculada de la expectativa.
En el capítulo III de El Arte de la Guerra, Sun Tzu advierte que el general hábil evita donde el enemigo es fuerte y golpea donde es débil. La debilidad declarada de Morena en la vía constitucional no es una rendición: es el señuelo que activa el Plan B, el verdadero campo de batalla. Las leyes secundarias —que solo requieren mayoría simple y que Morena controla sin depender de aliados— permiten avanzar en fiscalización, voto extranjero y recorte presupuestal del 25% a los partidos. Es decir, lo que el ciudadano medio considera lo importante de la reforma se consuma igualmente, independientemente del resultado en la vía constitucional. El fracaso anunciado en primera vuelta no es derrota: es permiso para actuar por la ruta alterna que ya estaba preparada.
Gramsci llamaría a esto la construcción de una voluntad colectiva nacional-popular: el proyecto hegemónico no requiere unanimidad institucional; requiere que la ciudadanía perciba que el avance es inevitable y legítimo. Sheinbaum lo verbaliza con elocuencia técnica al calificar el fracaso constitucional como una "victoria recuperable". En términos gramscianos: el bloque histórico no necesita ganar cada batalla para consolidar su dominancia cultural.
LOS ALIADOS COMO VARIABLE CONTROLADA
La posición del PVEM y del PT merece análisis aparte. Manuel Velasco y Alberto Anaya exhiben reservas, proponen ajustes, condicionan su apoyo. Sun Tzu diría que estos actores están en la posición del aliado que sabe que necesita al general pero quiere negociar el precio del campamento. Su coincidencia del 95% con la propuesta original los coloca en un callejón estratégico: rechazar la reforma equivaldría a lesionar sus propios intereses en materia de plurinominales y sobrerrepresentación. La retórica de las reservas es, en realidad, el lenguaje de la negociación de márgenes, no de la disidencia real.
Gramsci habría reconocido en este cuadro la operación de lo que denominó trasformismo: la absorción gradual de los aliados menores dentro de la lógica del bloque dominante, de manera que su voz disidente se convierte en un mecanismo de legitimación del proceso, no en una impugnación genuina. El Verde y el Trabajo no bloquean la reforma; la procesan, le dan textura democrática y aparentan pluralidad donde existe monolito.
LO QUE NO SE VE EN EL TABLERO
El error clásico del actor político que enfrenta una operación hegemónica es combatirla en el terreno que el adversario eligió. La oposición —fragmentada, sin narrativa articulada, reaccionando al calendario que Morena fijó— reproduce el patrón que Sun Tzu describe en el general que llega tarde al campo de batalla y debe aceptar el terreno que encontró. La aceleración del trámite legislativo, leída como improviso, es en realidad la aplicación del principio suntziano de velocidad: "La rapidez es la esencia de la guerra." Cada semana de debate es una semana que el adversario usa para organizar resistencia. El dictamen sin cambios, la ruta express en comisiones, la fecha de pleno fijada: todo responde a una geografía del tiempo cuidadosamente cartografiada.
La pregunta que debería ocupar a los actores de la sociedad civil, los medios especializados y los partidos de oposición no es si la reforma pasará en primera o segunda vuelta. Esa es la pregunta que el estratega en turno quiere que hagan. La pregunta relevante es otra: ¿qué institucionalidad queda después de que el bloque hegemónico consolida el control sobre las reglas del juego electoral? Gramsci fue explícito: quien controla los aparatos de hegemonía no necesita la fuerza. Sheinbaum no necesita los 334 votos para ganar esta guerra. Solo necesita que la oposición siga contándolos.
Hay un dato que el análisis convencional omite porque incomoda demasiado: en este tablero ya no hay oposición real. El PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano no bloquearon la reforma electoral —fueron borrados del debate antes de que comenzara. La disputa legislativa que hoy observamos no es entre gobierno y oposición: es una conversación interna del bloque dominante, un diálogo entre Morena, el PT y el PVEM sobre los márgenes de una reforma que ninguno de los tres impugnará en lo sustancial. Cuando el único debate visible ocurre entre aliados que coinciden en el 95% de la propuesta, no estamos ante un proceso legislativo: estamos ante la escenificación de uno. Sun Tzu no necesitaba eliminar al enemigo del campo; bastaba con volverlo irrelevante. La oposición histórica de México no perdió esta batalla. Perdió el derecho de librarla.
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