Morena elige: purgar al traidor o morir con él

Morena elige: purgar al traidor o morir con él

“Los hombres olvidan más fácilmente la muerte del padre que la pérdida de su patrimonio.” — Nicolás Maquiavelo, El Príncipe

La madrugada que no cabe en ningún comunicado

Pongo a hervir la cafetera italiana Bialetti, cómplice silenciosa de tantas batallas políticas, que me ayuda a manejar el caos… El vapor sube lento, como sube siempre la verdad que nadie quiere decir en voz alta. Son las cinco de la mañana en Querétaro y el silencio del despacho tiene esa textura densa, casi física, de quien no durmió porque el análisis no cerraba. Afuera la ciudad todavía duerme. Adentro, sobre la mesa, los expedientes: nombres, patrimonios, fotografías de relojes que cuestan lo que una familia entera gana en diez años, reportes de inteligencia que circulan discretamente entre embajadas. Y hoy, encima de todo eso, un discurso que acaba de cambiar las coordenadas del tablero.

 

Esta mañana, Ariadna Montiel tomó protesta como presidenta del Comité Ejecutivo Nacional de Morena.

 

El movimiento acaba de nombrarse a sí mismo.

 

El veneno que se infiltra desde adentro

 

Morena no tiene enfrente, en este momento, un adversario electoral capaz de derrotarla. Tiene algo mucho más peligroso: tiene un espejo.

 

En ese espejo aparecen cuadros propios con incrementos patrimoniales que ningún salario de servidor público explica. Militantes señalados —con nombre y apellido— por operar para las mismas estructuras criminales que el movimiento prometió combatir. Figuras que vuelan en primera clase mientras firman el discurso de la austeridad republicana. Y desde Washington, una señal que no necesita declaración formal: la cancelación de visas a funcionarios cercanos al movimiento. Los estadounidenses no improvisan ese tipo de mensajes. Los calculan. Y cuando los envían, es porque llevan tiempo observando lo que en México aún se debate si es real o es operación política.

 

Nada de esto es un escándalo aislado.

 

Es una crisis de coherencia. Y las crisis de coherencia son las únicas que matan a los movimientos transformadores, porque no los derrumban con un golpe: los vacían por dentro, lento, como el oxígeno que escapa de un cuarto cerrado.

 

El gran logro de Morena fue construir un contrato simbólico con millones de mexicanos que nunca antes habían creído en la política. No votaban por un partido. Votaban por una promesa: que esta vez los de arriba no robarían. Cuando esa promesa se fisura —cuando el militante que marchó en 2006 ve hoy al dirigente de su sección comprarse una camioneta que no puede justificar—, no se genera enojo. Se genera algo peor: resignación. La resignación no produce votos en contra. Produce ausencia. Produce base que se queda en casa.

 

Aquí está la trampa: Morena tiene estructura suficiente para ganar 2027 incluso con parte de su base desmovilizada. La maquinaria funciona, los programas sociales generan lealtades reales, el territorio está organizado. El riesgo no es perder la elección.

 

El riesgo es ganarla sin alma.

 

Esta mañana, desde el estrado del CEN, Montiel instaló el diagnóstico que el aparato habría preferido mantener en susurro. Lo dijo con la precisión de quien conoce el costo de callarlo:

 

“Hoy hay una ofensiva permanente contra nuestro movimiento.”

 

No habló de la oposición. No habló del bloque conservador. Habló del movimiento. La ofensiva que le preocupa no llega exclusivamente desde afuera: llega desde las prácticas que se han normalizado adentro, desde el conservadurismo del PRIANRD —su propia expresión— que se ha infiltrado no solo en las siglas sino en los gestos, en los patrimonios, en la forma de relacionarse con el poder.

 

Y Citlalli Hernández, quien la precede en esta batalla de sentido, ya había fijado el criterio moral que debería funcionar como filtro de toda candidatura:

 

“No solo importa ganar en 2027. Debemos cuidar que Morena siga siendo un partido de gente buena, honesta.”

 

Dos frases. Dos mujeres. Un mismo campo de batalla: la identidad del movimiento frente a la inercia del aparato.

 

Pero hoy Montiel no habla como cuadro crítico. Habla como presidenta nacional. Y eso transforma el análisis por completo.

 

Porque una cosa es denunciar la descomposición desde afuera del comando. Otra —infinitamente más difícil y más poderosa— es hacerlo desde el centro mismo del poder orgánico. Montiel llega al CEN con una promesa de cero tolerancia a la corrupción y un mandato explícito: que Morena vaya a 2027 con candidatos comprometidos con la austeridad y la transparencia. Pidió a la militancia denunciar irregularidades. Eso no es un comunicado. Es una instrucción de operación que, si se ejecuta, reencuadra toda la narrativa del proceso.

 

“Morena nació en la resistencia y en la resistencia sigue”, declaró esta mañana. La frase parece sencilla. No lo es. Instala una continuidad épica: el movimiento que acampó en Reforma en 2006, que sobrevivió el desafuero, que ganó sin tener nada, es el mismo que hoy debe resistir a sus propios traidores internos. La resistencia ya no es contra el neoliberalismo externo. Es contra el neoliberalismo de los modales, el que se cuela por la puerta trasera cuando la guardia baja.

 

La historia comparada es despiadada aquí: los movimientos que se vuelven aparato sin corregirse a tiempo no caen derrotados. Se disuelven. Pierden primero la narrativa, luego la base, finalmente el poder. No hay un momento dramático. Solo hay un día en que nadie recuerda para qué era necesario que ganaran.

 

Pero hay algo que los libros de ciencia política no suelen incluir y que esta madrugada conviene nombrar: la depuración desde arriba es posible solo cuando quien la encabeza tiene autoridad moral de origen, no de cargo. Montiel la tiene. El campamento de Reforma de 2006, los años de resistencia, la camiseta empapada antes del poder —esa trayectoria no se compra ni se simula. Es el único capital que el aparato no puede devaluar.

 

El riesgo es que la estructura que ahora dirige sea más poderosa que la voluntad de quien la encabeza. Que el aparato absorba a la presidente antes de que la presidente transforme al aparato. Ese es el jaque que nadie en la sala de protesta pronunció esta mañana. Pero los que saben leer tableros lo leyeron.

 

Cerrar los ojos ante ese riesgo sería el error más costoso.

 

Los tres caminos que el café dibuja esta madrugada

 

Con una probabilidad que ronda el cincuenta por ciento, Morena gana 2027 con su estructura intacta pero su narrativa fracturada. Montiel preside, administra, contiene. El discurso de cero tolerancia queda en el discurso. La maquinaria funciona; el sentido, no.

 

Existe un segundo escenario, menos probable pero más poderoso: Montiel ejecuta la depuración que prometió. Sacrifica fichas con valor electoral pero con costo moral. Morena no solo gana, se refunda. Cada expulsión ejemplar se convierte en capital narrativo. La candidatura de 2027 emerge del proceso de purificación y no a pesar de él. Ese camino requiere algo que los aparatos rara vez conceden: coherencia sostenida entre el discurso de toma de protesta y las decisiones de los cuarenta y cinco días siguientes.

 

El tercer camino es el que nadie quiere calcular: la presión externa —Washington, los expedientes que siguen abiertos, la acumulación de escándalos— alcanza masa crítica antes de que la nueva dirigencia consolide su autoridad interna. La hegemonía se mantiene. Pero erosionada, porosa, costosa.

 

Lo que un decisor debe hacer esta semana

 

Primero: tratar el discurso de esta mañana como contrato público, no como protocolo de ceremonia. Cada palabra que Montiel pronunció hoy es un tripwire que la propia militancia vigilará. Incumplirlo tiene costo inmediato.

 

Segundo: ejecutar una baja de candidatura con argumento moral visible en los próximos treinta días. Una sola, con nombre y razonamiento ético explícito, instala el frame de autocorrección. Cien comunicados no lo hacen.

 

Tercero: articular el fortalecimiento territorial que Montiel anunció —presencia constante en comunidades— como acto de reconexión con la base, no como operación de acarreo. La diferencia entre ambas cosas es narrativa, y esa diferencia la detecta cualquier votante que lleva tres sexenios siendo movilizado sin ser escuchado.

 

Tripwire: si en los próximos cuarenta y cinco días no hay una baja pública de candidatura por razones éticas, el discurso de esta mañana habrá sido el mejor comunicado que Morena no pudo cumplir.

 

Lo que queda cuando el café se enfría

 

Cierro la libreta. El café está frío. Afuera Querétaro empieza a moverse. Y lo que queda no es certeza: es tensión contenida entre lo que se dijo esta mañana y lo que el aparato permitirá que se haga mañana.

 

Morena tiene base. Tiene territorio. Tiene la maquinaria que ninguna oposición puede replicar en el corto plazo. Tiene todo lo necesario para ganar. Y ahora tiene algo más: tiene una dirigencia que salió al estrado a nombrar la enfermedad en voz alta, a pedir candidatos limpios, a declarar que la resistencia no terminó en 2018 sino que simplemente cambió de enemigo.

 

La pregunta que este análisis deja sobre la mesa no es si Morena ganará 2027.

 

Es si la presidenta del CEN que acaba de tomar protesta esta mañana podrá ser más rápida que el aparato que ahora dirige.

 

El poder no se pierde el día que se deja de ganar.

 

Se pierde el día que deja de merecer ser ganado.

 

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Mkt