Morena no es un Estado, es proyecto que en Tlaxcala está claro
En vísperas de un proceso electoral determinante para Tlaxcala y en un contexto nacional marcado por la presión extranjera, el partido en el poder enfrenta su mayor prueba de madurez política: Anteponer el proyecto colectivo a las ambiciones individuales.
En tiempos en que la política suele sucumbir ante las prisas sucesorias y las legítimas aspiraciones personales amenazan con convertirse en el eje de las decisiones públicas, resulta pertinente recordar que Morena no nació como un partido convencional.
Surgió el 2 de octubre de 2011 como movimiento político y social, se constituyó como asociación civil el 20 de noviembre de 2012 y obtuvo su registro formal como partido ante el Instituto Nacional Electoral el 9 de julio de 2014, con una vocación explícita: Colocar las causas por encima de los nombres y los principios por encima de las coyunturas.
Su propia Declaración de Principios lo establece con claridad: el partido-movimiento "No busca representar al pueblo sino ser el pueblo organizado como protagonista central en el ejercicio del poder público".
Esa premisa cobra relevancia histórica en un momento inédito, el 2 de junio de 2024, Claudia Sheinbaum Pardo se convirtió en la primera mujer presidenta de México, con 59.35% de la votación total —más de 33.2 millones de sufragios—, el porcentaje más alto alcanzado por un candidato presidencial en la historia reciente del país.
Hoy, Morena y sus aliados controlan 23 de las 32 gubernaturas del país, tienen mayoría en la Cámara de Diputados con 253 de 500 escaños y en el Senado con 67 de 128.
Con más de 11 millones de militantes registrados al cierre de 2026, es el partido con mayor afiliación en la historia de México. No existe precedente comparable de concentración de poder institucional en un solo movimiento político.
Ese poderío, sin embargo, trae consigo una exigencia proporcional, la de demostrar que la fuerza electoral se traduce en madurez política y que la acumulación de poder no corroe los principios que le dieron origen.
Esa tensión se vive hoy con nitidez en Tlaxcala.
La estrategia de las Asambleas Informativas en Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional no es un ejercicio retórico; tiene un origen concreto, la tensión diplomática con el gobierno de Donald Trump, que ha retirado visas a funcionarios mexicanos y emitido actas de imputación contra el gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya y otros actores políticos de ese estado y más recientemente a Adán Augusto López.
Ante ese escenario, la presidenta Sheinbaum convocó el 31 de mayo de 2026 —frente a 130,000 personas en el Monumento a la Revolución— a salir a las plazas públicas para defender la soberanía.
La respuesta fue inmediata: Ariadna Montiel, presidenta nacional de Morena, anunció la realización de 2,600 asambleas informativas en municipios y distritos electorales de todo el país entre junio y agosto, con una proyección de 30 millones de visitas casa por casa al concluir el año.
El fin de semana del 6 y 7 de junio se realizaron las primeras 54 asambleas en 31 entidades del país —con excepción de Coahuila, bajo veda electoral—; el 13 y 14 de junio el número superó las 200, celebradas en plazas públicas y espacios comunitarios de las 32 entidades.
La cifra no es decorativa: evidencia la capacidad de movilización territorial de un partido que, a doce años de su fundación, mantiene una estructura operativa sin parangón en el sistema político mexicano.
En Tlaxcala, esa visión ha encontrado eco en el trabajo institucional de Marcela González Castillo, dirigente estatal del partido. Su apuesta ha sido la organización permanente, la cercanía con la militancia y la convicción de que el interés superior del movimiento debe prevalecer sobre cualquier proyecto individual.
En un estado donde las últimas encuestas de IM y Vota y Opina —levantadas entre el 1 y el 5 de junio en 1,200 viviendas de 40 municipios— revelan un escenario electoral abierto y competido, esa visión de largo plazo no es un lujo, es una necesidad estratégica.
El hecho adquiere una dimensión que va más allá del simbolismo. Por primera vez en los 203 años de vida independiente de México, la conducción del Estado descansa en el liderazgo de una mujer.
Y desde los estados, mujeres como Marcela González Castillo han asumido la responsabilidad de traducir esa visión en organización, presencia territorial y cohesión partidista.
No se trata de una cuota ni de una coincidencia generacional, es el resultado de una cultura política que, de manera progresiva y todavía incompleta, ha ido incorporando a las mujeres no como figuras ornamentales sino como conductoras de procesos.
La literatura política contemporánea documenta que los estilos de liderazgo más orientados a la construcción de consensos, el trabajo sostenido y la institucionalidad tienden a producir organizaciones más estables y con mayor capacidad de respuesta ante las crisis.
No es una regla universal, pero sí una tendencia verificable en múltiples contextos. En ese sentido, las asambleas realizadas por la dirigencia estatal de Morena en Tlaxcala reflejan una concepción de la política que privilegia la pedagogía, la participación y el sentido de pertenencia antes que el protagonismo individual.
El contexto no puede ignorarse, en 2027, México enfrentará uno de los procesos electorales más grandes de su historia porque se renovarán 17 gubernaturas, 500 diputaciones federales y miles de cargos locales.
Morena aspira a defender los 13 estados que hoy controla y avanzar en cuatro más.
La propia dirigencia nacional reconoce que el partido encabeza las preferencias en 15 de esas 17 entidades.
En ese escenario, la estabilidad interna no es un valor accesorio: es la condición de posibilidad de cualquier estrategia electoral.
La historia demuestra que los movimientos que llegan al poder con vocación transformadora suelen enfrentar su mayor riesgo no en la oposición externa, sino en las fracturas internas provocadas por las ambiciones prematuras.
El PRI de los años ochenta, el PRD de los noventa, la propia izquierda latinoamericana en diversas coyunturas; en todos esos casos, la incapacidad para subordinar los proyectos personales al proyecto colectivo resultó más costosa que cualquier embate opositor.
Mientras otros actores se encuentran inmersos en cálculos adelantados y posicionamientos personales, la apuesta por concentrar esfuerzos en la tarea encomendada —mantener unido al movimiento y fortalecer la organización territorial— no es menor.
Es, precisamente, la decisión más difícil en política, la de anteponer el tiempo largo del proyecto al tiempo corto de la ambición que no se gana con la publicación intensiva de encuestas patito o de ver qué granja de bots es más agresiva que otra.
La Cuarta Transformación atraviesa una etapa inédita, más poder formal que nunca, más presión externa que en años recientes y más decisiones de largo plazo que tomar.
En esa coyuntura, la madurez política no se mide en reflectores ni en encuestas, sino en la capacidad de sostener la organización cuando las cámaras no están. Eso es, dicho Sin Reservas, lo que distingue a un movimiento político de una candidatura.
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Alejandro Aguilar Gómez, licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Altiplano, es periodista y empresario de medios con más de tres décadas de trayectoria. Fundador y CEO de Grupo Monitor, dueña de los portales de noticias Monitor Xpress y MX en la Noticia. Ha sido jefe de información en prensa escrita, director de noticiarios radiofónicos. Es Presidente Fundador del Colegio de Periodistas y Comunicadores de Tlaxcala A.C. y ha recibido 2 Doctorados Honoris Causa por su contribución al periodismo en México (UDS Global University campus Nuevo León y Colegio de Periodistas de Tamaulipas). Reconocido especialista en comunicación estratégica, marketing político y gestión de crisis, combina la praxis periodística con la consultoría política y la innovación en tecnologías de opinión pública. Certificado como Director de Comunicaciones StratCom 2026 campus Miami, Flo.
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