¿Quién escribe la historia: los críticos de escritorio o los que trabajan?

¿Quién escribe la historia: los críticos de escritorio o los que trabajan?

La polémica de 1845 que sigue incomodando a las élites ilustradas

Por Melchisedech D. Angulo

En febrero de 1845 apareció en Fráncfort un libro que nació como burla. La Sagrada Familia, el primer trabajo escrito a cuatro manos por Karl Marx y Friedrich Engels, fue redactado en París a fines de 1844 como una sátira feroz contra los jóvenes hegelianos, en especial contra los hermanos Bruno y Edgar Bauer y su círculo berlinés. El título, sugerido por el editor, era una ironía sobre esa secta intelectual que se creía por encima del mundo. La censura prusiana no tardó en prohibirlo en territorio alemán, y la polémica fue tal que Bauer intentó responder al año siguiente.

El blanco del ataque era la llamada "crítica crítica": la idea de que el pensamiento puro, separado de las condiciones materiales, podía ser el motor de la historia. Marx y Engels la desarmaron señalando que era una crítica abstracta, "en la que nada hay personal, concreto ni real". Para ilustrarlo recurrieron a una alegoría célebre: si se parte del concepto de "fruta", las manzanas y las peras reales parecen simples sombras de una idea. Ellos invirtieron el razonamiento: el concepto nace de las frutas reales que se perciben, no al revés. Era un golpe directo a la pretensión de explicar el mundo sin pisarlo.

Pero el libro no se quedó en el ajuste de cuentas filosófico. Rechazó de plano la división elitista entre un "espíritu creador", la minoría ilustrada que se cree encarnación del pensamiento, y una "masa inerte" condenada a la pasividad. Los autores analizaron los movimientos obreros de Inglaterra y Francia, desde el cartismo hasta las propuestas de Flora Tristán, y encontraron allí energía moral, sed de conocimiento y capacidad de organización. La clase trabajadora, concluyeron, no es espectadora de la historia sino su protagonista.

De esa premisa se desprende una tesis que todavía resuena: la emancipación no es un cambio de opiniones ni una operación de la conciencia. Exige intervención práctica y organización colectiva sobre las condiciones materiales de vida. Según los autores, la teoría solo tiene efecto real cuando logra "prender en las masas". La historia, dicho sin rodeos, no se hace desde el gabinete del crítico, sino desde la lucha de los productores asociados.

El texto también anticipa, de manera germinal, el análisis del capitalismo que Marx desarrollaría décadas después. A través de su examen de las tesis de Proudhon, la propiedad privada deja de ser un mero concepto jurídico y aparece como una institución económica que enfrenta a la burguesía, dueña de los medios de producción, con un proletariado reducido a vender su fuerza de trabajo. Propiedad, capital, dinero y trabajo asalariado son, para los autores, "productos objetivos de la alienación" que padecen los obreros. Como señala la investigadora Sartori, la obra es un eslabón clave entre los escritos de 1843-44 y La ideología alemana, porque muestra que los derechos del hombre y la vida política hunden sus raíces en una sociedad civil dominada por la burguesía.

La distinción que quizás resulte más actual es la que separa emancipación política de emancipación humana. Reconocer derechos ciudadanos, sufragio e igualdad formal ante la ley es un avance histórico indiscutible, pero deja intactas las desigualdades materiales de fondo. La emancipación humana, en cambio, supone devolver a las personas el control efectivo sobre las condiciones de su propia vida. Casi dos siglos después, aquel libro nacido de una polémica sigue planteando una pregunta incómoda para quienes opinan desde lejos de la realidad: de nada sirve declarar derechos si las condiciones materiales para ejercerlos siguen en manos de unos pocos.

@_Melchisedech

 

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