Cuando la crítica no era ética, sino aspiración
Hay indignaciones que conmueven y otras que, con el tiempo, se desnudan solas.
Antes de continuar, una aclaración necesaria: no todos. Los hay genuinos, los hay congruentes, los hay que critican al poder porque realmente les duele la injusticia y no porque quieran un pedazo de ella. Esta columna no habla de ellos. Esta columna habla de un patrón que quienes lo practican reconocen perfectamente. Y como dice el dicho: al que le quede el saco, que se lo ponga.
La historia política reciente está llena de voces que, desde la oposición, desde el activismo, desde el púlpito o desde la tribuna, denunciaron la pobreza, la violencia, el abuso de poder, los lujos insultantes y la distancia brutal entre gobernantes y gobernados. Voces que parecían hablar desde el pueblo, para el pueblo y con el pueblo.
El problema nunca fue ese discurso. El problema fue lo que ocurrió cuando dejaron de necesitarlo.
Porque hay una diferencia profunda entre criticar al poder y desear ocuparlo. Entre confrontar una estructura injusta y simplemente querer un asiento dentro de ella. No todos los que gritan contra la clase política lo hacen porque les indigna su lógica. Muchos lo hacen porque aún no forman parte de ella.
Y ahí está la incongruencia que nadie quiere nombrar en voz alta, pero que el pueblo tlaxcalteca reconoce de inmediato porque la ha vivido demasiadas veces.
Lo vemos todos los días. Las obras del buen samaritano que no son obras: son campañas anticipadas disfrazadas de amor por México, amor por Tlaxcala, amor por el pueblo. Nadie lo dice así. Nadie lo va a admitir. Pero ahí están: la despensa que no es ayuda sino foto, el evento comunitario que no es servicio sino posicionamiento, la denuncia que no es convicción sino currículum, la marcha que no es indignación sino agenda. Todo calculado para hacerse notar. Todo orientado a un día aspirar a algo.
Y el pueblo lo sabe. Lo sabe porque ha visto a los mismos que juraban luchar por los necesitados llegar al poder y olvidar el camino de regreso. Porque ha escuchado los discursos más encendidos contra la corrupción en boca de quienes después se sientan a negociar con los mismos corruptos que señalaban. Porque ha vivido en carne propia lo que significa ser sujeto del discurso y pretexto del poder: que te necesitan para llegar, pero no para gobernar.
Cuando logran el cargo, la indignación desaparece. Los políticos corruptos de repente son cuates. Las causas que defendían con el puño en alto se vuelven incómodas. Y los necesitados, los mismos a los que se les prometió todo, escuchan la respuesta que ya conocen: si te vi no me acuerdo. No tengo tiempo. Aquí tienes una obra al año para que no digas que me olvidé de ti.
Una obra al año para mantener la falacia.
Durante años se construyó una narrativa cómoda: la del político o activista "común", el que decía vivir como la mayoría, el que afirmaba que con voluntad y congruencia se podía servir sin corromperse. Una narrativa que desplaza la responsabilidad estructural y la convierte en asunto de carácter individual. Si no llegaste, es porque no supiste administrarte. Si no prosperaste, es porque no lo mereciste suficiente.
Esa narrativa es profundamente violenta. Y profundamente falsa.
Pero lo más grave no es el discurso. Lo más grave es la doble moral que lo sostiene. La del que en privado piensa distinto a lo que proclama en público. La del que critica los privilegios del poder mientras los ambiciona en silencio. La del que pone de rodillas a los suyos para orar por quien conviene, no por quien merece. La del que usa la causa del pueblo como escalera y cuando llega arriba recoge la escalera para que nadie más pueda subir.
Esa duplicidad no distingue partidos ni trincheras. No es exclusiva de la derecha ni de la izquierda, del gobierno ni de la oposición, de la política ni del activismo. Es una forma de relacionarse con el poder que aparece en todos lados donde hay algo que ganar y alguien dispuesto a decir lo que otros necesitan escuchar para darlo.
Cuando quienes se indignaban por los excesos llegan al poder y los normalizan, cuando quienes denunciaban privilegios comienzan a justificarlos, cuando quienes prometían austeridad moral adoptan el mismo tono condescendiente que antes criticaban, ocurre algo revelador: nunca se trató de transformar la política. Se trató de ascender dentro de ella.
Entonces entendemos que el enojo nunca fue contra la clase política corrupta. Fue con no pertenecer a ella.
Jaume Perich lo dijo con una crudeza que sigue siendo vigente: un político tiene soluciones cuando está en la oposición y problemas cuando está en el gobierno. Y quizá por eso la congruencia es tan escasa: porque sostenerla implica renunciar a comodidades, a aplausos fáciles y a esa peligrosa sensación de impunidad que da el poder.
El verdadero compromiso con el pueblo no se mide por lo que se dice cuando no se gobierna. Se mide por lo que se hace cuando ya no hay a quién culpar, cuando las cámaras no están, cuando el necesitado llega a tocar la puerta y no hay elección de por medio.
Ahí es donde se caen los disfraces. Ahí es donde se traiciona o se honra la palabra.
Ojalá quienes hoy se indignan genuinamente por la pobreza, la violencia y la desigualdad en Tlaxcala no repitan la historia. Ojalá no confundan la crítica con el trampolín. Ojalá recuerden que hay una diferencia entre indignarse porque el sistema falla y enojarse porque el sistema aún no te incluye.
Porque el poder no corrompe de golpe: revela. Revela si la indignación era convicción o estrategia. Si la crítica era ética o currículum. Si la cercanía con el pueblo era identidad o escalera. Si las rodillas que pusiste a orar eran por fe o por conveniencia política.
Cuando el discurso cambia al ritmo del cargo, cuando la pobreza se vuelve argumento retórico y no urgencia moral, cuando el pueblo pasa de sujeto a pretexto, ya no hay duda posible: no traicionaron una causa. Confirmaron quiénes eran desde el principio.
Y es ahí donde la ciudadanía debería dejar de aplaudir biografías y empezar a observar conductas. Porque si al final todo se reduce a cambiar de lugar en la mesa, entonces nunca se trató del pueblo.
Solo de llegar.
Victoria Aburto | CONTRACARA
MX en la Noticia | Julio 2026
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