El Teatro de la Gobernanza: Moralejas de un Juego que Todos Perdemos - 1
El Teatro de la Gobernanza: Moralejas de un Juego que Todos Perdemos

El Teatro de la Gobernanza: Moralejas de un Juego que Todos Perdemos

“En el teatro de la gobernanza, los actores fingen mientras la realidad espera tras el telón: una tragicomedia donde todos perdemos.”

Un gobierno que prefiere el teatro a la acción no es que no entienda su trabajo… es que su verdadero trabajo es fingir que gobierna. Esta frase, que podría parecer un simple aforismo, encierra una verdad lacerante sobre el estado actual de la política en muchas democracias. En el escenario de la gobernanza, el telón se levanta no para resolver los problemas de la ciudadanía, sino para montar una obra donde los actores —funcionarios, asesores y operadores— interpretan roles tan ensayados como vacíos. Esta columna, escrita desde la trinchera de quien ha vivido la política desde dentro, desmonta este teatro, analiza sus implicaciones y advierte sobre el costo de seguir aplaudiendo una función que todos, al final, perdemos.

El telón se levanta: la simulación como estrategia

La historia de la política contemporánea está plagada de ejemplos donde la gobernanza se convierte en una puesta en escena. Los gobiernos, como avezados directores de teatro, saben que el público —la ciudadanía— no siempre exige resultados; a veces basta con una buena actuación. Mesas de diálogo interminables, discursos grandilocuentes y operativos mediáticos son los decorados de esta farsa. Pero detrás del telón, las crisis no se previenen, los conflictos no se resuelven y las soluciones estructurales brillan por su ausencia.

Este teatro no es improvisado; responde a una estrategia deliberada de poder. En el ajedrez político, la simulación es una jugada maestra: mantener el control sin mover las piezas de fondo. Es más fácil organizar una conferencia de prensa, enviar un boletín que enfrentar un problema de raíz; más cómodo culpar a la politización que asumir con responsabilidad las decisiones políticas. Así, el gobernante se convierte en un ilusionista que distrae al público con promesas mientras las verdaderas decisiones —o la falta de ellas— quedan ocultas tras bambalinas.

Los actores del drama

En esta tragicomedia, los personajes son arquetípicos. El gobernante, como protagonista, domina el arte de la pose: aparece en la foto, firma documentos que no lee y ofrece palabras que suenan profundas pero carecen de sustancia. A su lado, el asesor político, un guionista astuto, teje narrativas transmedia que transforman el fracaso en épica. Una crisis social se convierte en “un desafío histórico”; la inacción, en “prudencia estratégica”. Y detrás, los funcionarios menores —los tramoyistas— mueven los hilos: organizan eventos, redactan informes y perpetúan la ilusión de que algo, alguna vez, cambiará.

El público, sin embargo, no es un mero espectador pasivo. La ciudadanía paga la entrada —con impuestos, con paciencia, con esperanza— y recibe a cambio un espectáculo que rara vez mejora su vida. Este desequilibrio es el corazón del problema: el teatro de la gobernanza no está diseñado para servir, sino para preservar el poder de quienes lo interpretan.

La narrativa política: un guión gastado

La construcción de la narrativa en este juego es clave. A través de un lenguaje burocrático cuidadosamente pulido —“estamos trabajando en ello”, “revisaremos el caso”— se crea una cortina de humo que oculta la inoperancia. Esta narrativa no solo se transmite en discursos oficiales; se amplifica en redes sociales, se recicla en comunicados y se vende como una verdad incuestionable. Es una estrategia transmedia que busca saturar el espacio público con ruido, dejando poco margen para el análisis crítico.

Pero este guión, aunque efectivo en el corto plazo, tiene grietas. Las crisis actuales —sean sociales, económicas o de seguridad— son demasiado reales, demasiado urgentes, como para ser contenidas con palabras huecas. Cuando la realidad irrumpe, el maquillaje se corre y el público empieza a abuchear. Las redes sociales, otrora aliadas del poder, se convierten en un reflector implacable que expone el detrás de cámaras: la improvisación, la indolencia, el cinismo.

Las consecuencias: un escenario en ruinas

El costo de este teatro es devastador. Cada conflicto ignorado, cada solución postergada, erosiona la confianza en las instituciones. La ciudadanía, harta de promesas vacías, comienza a desertar: unos se refugian en la apatía, otros en la protesta, y algunos en alternativas populistas que, irónicamente, suelen replicar el mismo juego teatral con diferente vestuario. El manejo de crisis, que debería ser el eje de una buena gobernanza, se convierte en un remedo: respuestas tardías, medidas cosméticas y una incapacidad crónica para anticiparse a los problemas.

Históricamente, hemos visto este patrón repetirse. Gobiernos que priorizan la imagen sobre la acción terminan atrapados en su propia ficción, incapaces de reaccionar cuando el telón cae. La caída no es solo suya; es de todos. Porque mientras los actores cambian de rol o abandonan el escenario, los ciudadanos quedan entre los escombros de un sistema que prometió mucho y entregó poco.

El futuro: ¿cerrar el teatro o cambiar el libreto?

No todo está perdido, pero el margen se estrecha. Las crisis modernas —complejas, interconectadas, amplificadas por la tecnología— no respetan los tiempos de la simulación. Exigen gobiernos que dejen el escenario y bajen al tablero real del ajedrez político, donde las jugadas requieren audacia, no solo astucia. La ciudadanía, por su parte, tiene un rol: dejar de ser un público complaciente y exigir que la gobernanza sea acción, no actuación.

La moraleja de este juego que todos perdemos es cruda pero clara: un gobierno que confunde gobernar con actuar termina creyendo sus propias mentiras… hasta que la realidad le arranca la máscara. Y cuando eso pase, no habrá aplausos que salven la función. Solo quedará el silencio de un teatro vacío, y la tarea inmensa de reconstruir lo que la farsa dejó caer.

Raúl Reyes Gálvez es economista, consultor y analista político con una trayectoria como diputado, regidor y operador de campañas.

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